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Glamorama
Jorge Zabaleta en una imagen tomada de la pantalla de Mucho Gusto, en Mega, en marzo de 2019.

El romance tipo “Atracción Fatal” de Jorge Zabaleta: “Me decía ‘¡tú me ilusionaste!’. Se le desfiguraron los ojos. Se encierra en la cocina, se escuchaba donde se ponían los cuchillos y dije ‘¡me va a matar…!’”

Autor: C. Z. / 8 julio, 2020

“Nos vamos a la playa y de repente, no me acuerdo que hice yo o que pasó, algo hice que me queda mirando como fijo. Y se pone a llorar de la nada… De ahí me salta la primera alarma”.

Esta es parte de la historia que Jorge Zabaleta recordó, haces unas tres semanas, en un contacto con el espacio que Pancho Saavedra emite en vivo a través de instagram.

El actor se refirió a un romance que tuvo hace un buen período de tiempo:

“Una vez conocí una chiquilla, estupenda. Era chiquitita, sebe haber medido 1.55, algo así, muy chiquitita. Con un pelo castaño claro crespo, espectacular. Unos ojitos cafecitos, miel, weón, olvídate. La cabra linda.

“Estábamos en un evento y ella estaba atendiendo a la gente. Voy llegando, todo winner en esa época, pura testosterona, no tenía un espacio en mi cuerpo donde no hubiera un músculo. Voy y me dicen ‘hola’. Y yo digo ‘hola’, sacando toda la pinta y la voz de galán.

“Me fui a sentar a mi mesa y estuve todo el rato pensando y mirando donde estaba. Quedé flechado mal. Era tanto lo que me había gustado que me puse nervioso. Dije ‘¿la invito o no la invito?… Ya, la invito igual’. Y cuando me iba yendo, medio torpe, le dije ‘hola’. Le vamos a poner Marisol, para no involucrar.

“Le digo ‘¿cómo te llamai?. ‘¿Por qué?’. ¡Me cagó!. Y le digo ‘para saber, para decirte de alguna forma’. ‘Ah… Marisol’. ‘Oye, Marisol’, nervioso, me tiritaba la pera, ‘¿me darías tu teléfono para vernos, invitarte a alguna parte?’. Era tan lo weón que me puse que la otra me empezó a agarrar para el webeo, pero al final me dio el teléfono. Llegué a mi casa más feliz que la cresta con el teléfono.

“La llamo. ‘¿Aló, Marisol?’. ‘Si, ¿con quién?’. ‘Con Jorge Zabaleta’. ‘Perdón, ¿quién?’, me dice. ‘Jorge… Zabaleta’. ‘¿De dónde te conozco?’, ¡pegándome en el ego! Entonces caché la onda de esta mina. ‘Hablai con Jorge. Te acordai que nos vimos la otra vez en un lanzamiento’. ‘¡Ah! ¿cómo estai?’. ‘Te llamaba para que saliéramos’.

“Al final, chica y chora, porque tú sabí que las chicas son todas choras, como paradas en la hilacha, creyendo que miden 1.95. Salimos, enganchamos, conversamos. La raja. ¡Pum! Empezamos a tener una amistad con ventaja. Yo feliz. La mina espectacular.

“La llevé a una fiesta con unos amigos y me decían ‘¡wena, weón! ¡¿De dónde sacaste esta chiquilla?! ¡te pasaste! ¡te la robaste del Victoria’s Secret!’. Y yo ‘tranquilo… La conocí por ahí’, así como quebrándome. Yo feliz con mi chica. Le ponías unos tacos y quedaba de este porte, espectacular, porque nunca me han gustado tan altas. Me gustan más bien chiquiturri, como que son más manejables”

Pancho Saavedra: “¡Jorge, weón!”

Zabaleta: “Pero si es verdad. Me gustan las mujeres más chiquititas, o me gustan las mujeres tan altas. Bueno, la chica era perfecta, y no te voy a explicar lo que era… La cagó. El tema es que ya nos habíamos lanzado en esta relación y de repente un día le digo ‘nos vamos a ir un fin de semana con mis papás, para que conozcas a mis viejos, vamos a ir a la playa’. ‘Vámosle’. Ya presentándose a los papás. Yo estaba vuelto loco. Si la chica era perfecta, le faltaba hacerle un afinamiento al auto y con eso ya me casaba. Sabía de mecánica y me casaba sin separación de bienes. Impresionante.

“Nos vamos a la playa y de repente, no me acuerdo que hice yo o que pasó, algo hice que me queda mirando como fijo. Yo como ‘jajajá’ y ella así (pone cara seria) y se pone a llorar de la nada. No sé qué estupidez dije. Fue como un chiste, pero estábamos en familia.

“De ahí me salta la primera alarma. ‘Concha, ¿qué pasa acá?’. Y yo ‘Marisol, ¿te pasa algo?’. Y se va. Me tuvo todo el fin de semana que estuve con mis papás cagado. No sabía qué le pasaba, estábamos lejos. Yo preocupado.

“Pasó esta cuestión y dije ‘pucha, mala cuea. A lo mejor tenía algo o le pasó algo’. Dije ‘¿te pasó algo? ¿Algo que te molestó?’. ‘No, no…’ Y de ahí quedé con la bala pasada. De repente le venían como estos cambios de ánimo, eran de un día para otro, como si se tomara un estabilizador de ánimo y se le hubiera acabado la receta. De repente empezó a hacer unas weás raras, me empezó a pintar el mono por puras weás raras.

“Como a los cinco meses dije ‘esta cuestión no va más, porque no me banco los cambios de humor’. Y cada vez eran más marcados y más violentos. Y yo con el dolor de mi alma, porque la chica era, olvídate. La llamo por teléfono y le digo ‘Marisol, ¿cómo estai? Oye, juntémonos porque quiero hablar contigo una cosa’. ‘Claro. ¿Dónde quieres que vaya, ¿a tu casa?’.

“Me dice ‘ya, voy para tu casa’. Y parte para mi casa y llega. ‘Hola…’ De lo chora, del llamado telefónico, ‘¿cómo estai? (besos), ¿cómo estai, mi amor ?, ¿te pasa algo? ¿tai enojado’. Y yo así: ‘¿Sabí lo que pasa? Te voy a ser sincero. Algo pasa contigo, pero no me puedo hacer cargo de los cambios de humor que tení todos los días. Esto es demasiado’. ‘¿Pero por qué? ¿Querí terminar conmigo?’. ‘Sí’, dije yo, ‘porque quiero terminar esta relación porque no estoy acostumbrado a esta weá’. Y dice ‘¡¿pero pucha por qué?! ¡No!”. ¡Se pone a llorar!

“De repente dice ‘¡tú me ilusionaste!’. Y yo ‘¡Chuky, el Muñeco Diabólico!’. Weón, Linda Blair, daba vuelta la cabeza. Me decía ‘¡tú me ilusionaste!’. Una voz gutural. Cambió la voz, la cara, se le desfiguraron los ojos. Y yo le dije ‘pero tranquila’. ‘¡No, no! ¡Tú me ilusionaste!’. Y después ‘¡no, no! ¡¿pero por qué?!’

“La voy a tomar como para decirle ‘cálmate’. ‘¡No!’. Y ¡pah!, se encierra en la cocina y yo conchemimanga, cagao de miedo. Y se escuchaba donde se ponían los cuchillos, sonaban los cuchillos y dije ‘weón, ¡está agarrando un cuchillo! ¡Me va a matar, conchemimadre!’. No sabía que hacer.

“Y yo ‘Marisol, ¿qué onda?, ¿estás bien?’. ‘Sí, sí…’ Y se abre la puerta. Yo mirándola y ella en el marco de la puerta. Yo no sabía si tenía un cuchillo en la espalda. Bien callada. Se quedó como mirando para abajo, callada. Y me dice ‘perdóname, perdóname…’. Y yo qué perdóname… ¡Chao!

“Le dije ‘es mejor que te vayas a descansar. Le dije ‘¿andas manejando’. ‘Sí’. ‘Chuta, que peligroso. ¿Quieres que te lleve a tu casa?’. ‘No’. Era puro movimiento de cabeza. ‘Chao’, y se va, sin palabras.

“No dormí. No me acordaba si le había dado llaves de mi departamento. Llamé al conserje, porque vivía en unos departamentos que estaban en Estoril en el primer piso. Ya tenía a mi hijo chiquitito, me fui a un departamento de un piso para que no se me cayera por el balcón. Y podía entrar y meterse a mi departamento. Yo, cagado de miedo, dije ‘esta weona me va a acuchillar en la noche’. Loca, loca, loca…

“Llamo a un cerrajero de esos de emergencia. ‘Necesito que me cambies la chapa urgente’. Me pegó un palo. Dije ‘por último tengo la llave lista’. Ahí me quedé más tranquilo.

“Pasa el tiempo, tres semanas, y en esa época yo andaba bien picaflor y conozco a una chiquilla de Viña, linda, ingeniera, otra cosa. Nada de estas chicas choras. Esta era Laura Ingalls. Tampoco voy a dar el nombre, porque está casada y feliz. Una cabra, pero buena cabra, feliz, encantadora, simpática y buena onda. Se iba para mi casa.

“Y de repente estábamos echados en la casa viendo una película y suena el teléfono de mi casa. ‘¿Aló?, ¿aló?, ¿alóoo?’. (Sonido de respiración). ‘¿Aló?, ¿aló?’. ‘¿Quién era?’, me dice. ‘Nadie’. (Sonido de respiración). Y yo así… Me preguntaba ‘¿quién es?’ y yo ‘no sé, nadie…’. Y dejaba el teléfono.

“Pasamos la noche. Al otro día una carta debajo de mi puerta. Me tiran el sobre por debajo de la puerta. Agarro la carta, ‘Jorge Zabaleta’, la abro, hoja en blanco… Y yo ‘la chica me está persiguiendo, me está acosando’. Y andaba perseguido, porque sabía que esta chica era violenta.

“Salgo con esta otra niña, la de Viña, que estaba viviendo aquí en Santiago, se quedaba en un departamento cerca de donde estaba el antiguo bowling de Apoquindo. Partí a dejarla. Yo feliz. ‘Por fin alguien normal’.

“Y de repente, iba saliendo, mi auto estacionado, sentía (hace un ruido). Salí a mirar y conocía a ese auto, pero no estaba seguro si era el auto de ella. Yo decía ‘la chica me está persiguiendo’. Perseguido mal, siempre.

“Llego a mi casa, después de haber ido a dejar a esta flaca, y hay una torta en la recepción a mi nombre. ‘Hola, don Sergio, ¿cómo está? Buenas noches’. ‘Don Jorge, le llegó esto. Mire que rico’. ‘¿Qué es esta cuestión?’. ‘Una torta, se cacha altiro’. ‘Claro, una torta’. ¿Una torta? ¿Quién me manda una torta?. ‘Oiga, ¿y quién me la mandó’. ‘No, no sé, yo agarré el turno de la noche. La entregaron en la tarde’.

“Agarro la torta y llego a mi casa con la torta. La pongo en la mesa del comedor. La abro y decía ‘gracias por todo’. Y yo ‘esta weona me quiere envenenar’, porque más encima la torta era de mazapán con chocolate, mi torta favorita. ¿Quién iba a saber que me gustaba la torta de mazapán con chocolate si no era ella?

“Llamo a don Sergio. Llega el conserje. ‘¿Quiere un pedacito?’, le digo. Dije ‘le voy a dar un pedacito. Si no muere, me la como yo’. Y me dice ‘¡claro’. Saco un cuchillo y un cuarto de torta. ¡Pum! ‘Tome. Yo sé que están cagados de frío en la caseta. Tome esta tortita’. Y dije ‘no creo que esté envenenada la torta’.

“Llego al otro día a mi casa. ‘Don Juan, y usted, ¿por qué está acá? ¿Y don Sergio?’. ‘No, no vino, está enfermo…’”

Saavedra: “¡Te lo echaste!”

Zabaleta: “Y yo dije ‘¿cómo está enfermo?’. ‘Se reportó enfermo. No vino hoy día’. Entro y lo primero que veo es la torta que le faltaba un cuarto. ‘Me eché a don Sergio… Lo maté, le di la torta envenenada’. Una hora, dos horas, tres horas pasándome todas las películas.

“‘¿Qué hago?’. Salgo. ‘Don Juan, ¿usted no tendrá el teléfono de don Sergio para llamarlo?’. Y me pasa el teléfono. ‘¿Usted sabe con quién vive?, ¿vive solo?’. ‘No’, me dice, ‘vive con una hija’. Dije ‘a este weón lo envenené con la torta’.

“Agarro el teléfono y lo llamo. ‘¿Aló? Hola, estoy tratando de ubicar a don Sergio Bahamondes’. ‘Sí, hablas con la hija’. ‘Vivo en los departamentos donde trabaja él de noche’. Dije ‘se murió…’

“Le digo ‘oiga, ¿don Sergio puede hablar?’. ‘No, no puede, es que está enfermo’. Dije ‘cagué, don Sergio se murió’. ‘¿Y qué tendrá?’, le digo, ‘¿no tendrá algo al estómago?’. Me inculpé. El primer sospechoso si se moría don Sergio iba a ser yo. ‘No’, me dice, ‘está resfriado, está con amigdalitis’.

“Enrrollado. Bueno, hice un último recurso. Llamé a mi mamá. alguien que tuviera mentalidad femenina. ‘¿Aló, mamá? ¿Cómo estai?’. ‘Ah, me llamaste al fin’. Te sacan altiro en cara que no la has llamado. ‘Siete meses que no me llamas…’

“‘Necesito hablar contigo porque estoy súper complicado. ¿Te acordai la chica que conocí?’. ‘¿Cuál? ¿La loca?’. Mi vieja ya le había sacado la foto que era loca. Todos sabían que era loca menos yo. ‘Sí, la loca esa… Mamá, ¿sabí qué? Tengo un problema. Lo que pasa…’, y le conté todo el cuento.

“Y le dije ‘lo último que me hizo fue que me mandó una torta de mazapán con chocolate, que es la que más me gusta, con una cuestión escrita, con chocolate blanco, que decía ‘gracias por todo’’. ‘¿Cuál torta?’, me dice mi mamá, ‘¿una de mazapán con chocolate?’. ‘Sí poh, mamá’. ‘Ay, si esa te la fui a dejar yo…’

“El fin de semana anterior habíamos hecho un evento benéfico para un niñito que estaba con problemas. Bueno, la mamá del niñito hacía tortas. Y como no tenía como pagar, para agradecerme me manda una torta que decía ‘gracias por todo’. Y yo clavando la torta para ver si tenía algo adentro…

“Raya para la suma: uno es muy egocéntrico. Porque la chica ya se tenía que haber olvidado. O sea, todos los rollos que te empiezas a pasar y te empiezas a perseguir, es que tú te crees la raja y en el fondo vales callampa”.