Glamorama
Julita Astaburuaga falleció a los 96 años. FOTO: ARCHIVO COPESA

Vida, milagros y 35 fotos de Julita Astaburuaga

Autor: Cristián Farías / Carlos Zúñiga / 15 marzo, 2016

Julita Astaburuaga era la reina de los eventos sociales. En el extranjero compartió con gente de la talla de Grace Kelly, el rey de Bélgica o María Callas. En Chile se codeó con los empresarios más importantes, políticos de renombre, príncipes y cuanta realeza europea nos ha visitado. La adoraban desde Lucho Jara a Cecilia Bolocco. Y ella misma se vanagloriaba de que no tenía “un peso” –MIRE AQUÍ MAS DE 30 FOTOS INTIMAS Y OTRAS EMBLEMATICAS DE JULITA-.

Vivía en un departamento de 72 metros cuadrados en el conocido edificio El Barco, en calle Santa Lucía, pleno centro de Santiago. Allí dormía en una cama de una plaza que también era sofá, acompañada por una docena de chiches, once retratos suyos de distintos estilos y una colección de ropa vintage Chanel, Dior y Balenciaga, todo regalado o heredado de una niñez y juventud aristócrata y rica.

“Un día me dijo: ‘Mijito, la gente piensa tantas leseras de mí, pero la verdad es que yo no tengo ni un peso. La solidaridad de mis amigos me hace feliz’”, contó ayer Jara, uno de los cientos, miles que lamentaron su partida, a los 96 años, víctima de un cáncer.

Julita nació en abril de 1919, hija del diputado y corredor de bolsa Jorge Astaburuaga Lyon y Helena Larraín Velasco. Se crió en el caserón de su abuelo, ministro de Guerra y Marina en el gobierno del Presidente Emiliano Figueroa. Un palacio en Pedro de Valdivia en cuyo terreno hoy existen 27 casas y dos edificios de departamentos -como apuntó revista Ya, en 2010-. Allí, la niña de preciosos ojos azules creció a todo lujo, con muchos empleados y nanny inglesa.

A los treces años sus padres se separaron y se cambió de casa. Pero la joven mantuvo su alto estilo de vida. Siempre perfecta, con vestidos comprados en Paris y modales exquisitos. Muy linda. Era un éxito. A los 29 años se casó con el diplomático Fernando Maquieira, con quien tuvo dos hijos, y partió un periplo por Nueva York, Ciudad de México, Quito, Luma, Buenos Aires, París y otras capitales.

A mediados de los 70 se separó. Con la venta de un auto se compró el departamento de Santa Lucía y, en 1983, Mary Rose Mac-Gill, otra gran dama de la vida social chilena, la convidó a participar en los Amigos del Teatro Municipal. Su labor de beneficencia fue un éxito. Astaburuaga brilló por amabilidad lidiando en la ternura, sencillez única, y modales y elegancia a otro nivel. Así nació la estrella del papel cuché.

“Lo maravilloso era la vida que tenía, su sencillez excepcional, cariñosa con todo el mundo”, dice a Glamorama Maya Castro de Wescott, figura destacadísima de las páginas sociales. “Era muy alegre, sencilla y siempre estuvo mentalmente perfecta, hasta el último minuto. Lo más lindo es que entregaba amor a todos. Marcará una época”, agrega.

Desde entonces Julita comenzó a ganarse el amor de todos. De la gente que terminó reconociéndola en la calle, aplaudiéndola y celebrándola en las alfombras rojas del Festival de Viña o el Copihue de Oro, porque ella siempre consideró un honor cada evento al que la invitaron. Podían ser dos por día, almuerzos, cócteles y cenas, en diferentes comunas y distintos estilos.

“A veces pienso ‘qué lata. Otro cóctel y la misma gente’. Y después digo ‘¡no!’. Me sobrepongo, me arreglo y me voy arrastrando las patas. Pero cuando vuelvo a casa llego feliz. Siento que he estado en el mundo, viviendo y no encerrada aquí”, dijo a revista Mujer en 2007.

Sus amigos más pudientes la agasajaron con grandes fiestas de cumpleaños y todo tipo de atenciones. Ese mismo 2007 recibió una ola de cariño luego de que ocupó portadas de diario, al terminar con un corte y una costilla rota al resistirse a entregar su cartera Vuitton –regalo que le hizo la marca parisina- a un tipo que la asaltó en el centro.

La socialité Soledad Silva la cuidó en su casa durante doce días, hasta que se mejoró. Y la distinguida invitada contó, en revista Cosas, que le mandaron 22 ramos de flores, cajas de chocolates, camisas de dormir y batas de levantarse. Recibió unos 150 llamados para saber cómo estaba, incluidos desde Beirut, Hamburgo, Copenhague, París, del sur de Francia, Londres, Nueva York, Miami, Paraguay, Ecuador, Perú e Isla de Pascua.

Ella nunca se explicó tanto cariño. Con su chispa y humildad habitual, en Paula declaró, en 2012: “Salgo cada vez que me convidan por teléfono. Yo no sé cómo me siguen dando pelota, si soy una vieja de lo más común. Ni señora de ministro, ni intelectual, ni artista. Soy común y corriente. Y me convidan igual”.

El año pasado en Caras le preguntaron: ‘¿Cuándo te miras en el espejo, qué ves?’. Su respuesta fue: “¡Una vieja de mierda! Me molesta mucho ser vieja, porque en mi interior no tengo la edad que tengo por fuera”.

Jordi Castell, otro de los tantos personajes que compartió muchas veces con ella, destaca precisamente su juventud de alma: “Con ella se podía hablar desde cómo enfrentar la pérdida de un amor o una persona querida, al último single de Madonna o de Beyoncé. Hace poco tuve la suerte de fotografiarla y estuvimos media hora hablando de Beyoncé”.

“Era única. Podríamos rememorar 500 anécdotas encantadoras. Simpática. Nunca peló a nadie. ¡Nunca, nunca, nunca! En los más de 50 años que yo la conocí”, dijo Mary Rose Mac-Gill ayer, en contacto con el matinal Mucho Gusto, sobre el “don de gente” de Julita.

Andrea Hermann, editora de vida social del diario La Tercera, destaca sobre todo la elegancia, en todas sus formas, de Astaburuaga: “Hoy la vida social es mucho más aspiracional y ligada a las marcas. Antes había algo solidario. Cuando vas a estas cosas, te pillas con gente que va porque les pagan como rostros o ‘embajadores’. Julita iba con el fin de pasarlo bien y apoyar”.

Mientras que Raimundo Encina, director de la agencia GrupoEncina, es categórico: “Con ella se termina una época con otros valores. Es un icono de tiempos que se fueron, donde había poesía y no WhatsApp; tertulias y no Facebook. Donde la gente iba al teatro de lunes a lunes y las conversaciones eran de verdad profundas, sin intervenciones de teléfonos celulares. Cuando estaba contigo, Julita lo estaba de verdad”.